El primer miércoles de marzo, representantes de las dos Europas se enfrentaron en el Parlamento Europeo. Por un lado, Janusz Korwin-Mikke, eurodiputado polaco que justificó la brecha salarial entre hombres y mujeres alegando que éstas son “más débiles, más pequeñas, menos inteligentes”. Le respondió su homóloga española Iratxe García, quien afirmó encontrarse allí “para proteger a las mujeres europeas de hombres como él”. En resumen: lo retrógrado frente al progreso.

A pesar de los avances en materia de género, la desigualdad entre hombres y mujeres persiste en todo el mundo. Según Eurostat, en la próspera Unión Europea la brecha salarial entre sexos es del 17%. Y más preocupante que su (injustificable) existencia es que algunos la consideren ‘natural’. Porque no, la arenga de Korwin-Mikke, ultraderechista conocido por sus exabruptos, no se trata de un hecho aislado. Encarna una manera de pensar derivada de una educación y de un modelo social que determinan al individuo por naturaleza y anulan su libertad. Empero, el eurodiputado polaco expresó en voz alta lo otros muchos creen y no se atreven a decir. Y no me refiero solo hombres a blancos que gozan de una buena posición socioeconómica.

Dijo Voltaire que los peores misóginos habían sido siempre mujeres. No me atrevo a ser tan categórico, pero mientras las jóvenes sean educadas como esposas y madres ‘liberadas’ de estudiar o trabajar; mientras ellas sigan acudiendo gratis a locales de ocio en los que ellos pagan por entrar; mientras se asuma como normal que el ejercicio de los gastos y la toma de decisiones compete en exclusiva al hombre de la casa, el machismo pervivirá. Pues tras la apariencia de tales ‘privilegios’ se esconde otra cara del sexismo igualmente peligrosa: una opresión encubierta que complementa a la violencia física, psicológica y verbal procedente del entorno masculino que a diario soportan millones mujeres en todo el mundo.

Erradicar por completo la desigualdad de género es tarea de todos. Se trata de “perder privilegios para ganar libertad”, como afirma Jorge Galindo en EL PAÍS. Queda mucho trabajo por hacer, sobre todo en Educación. Pero si tantos hombres hemos conseguido empatizar con Iratxe antes que con Janusz, debemos ser optimistas. La batalla cultural, quizás la más importante, parece decantarse a favor de los buenos.

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