“Nuestras comunidades han sido profundamente reforzadas por la inmigración, ya sea de los católicos irlandeses o de los musulmanes de la India o Pakistán. Mientras celebramos nuestra diversidad, lo que me sorprende una y otra vez al viajar por el distrito electoral es que estamos mucho más unidos y tenemos muchas más cosas en común que aquellas que nos dividen” afirmó una vez la diputada laborista Jo Cox. Nadie podía imaginar que la joven promesa del Parlamentarismo británico moriría tiroteada por el ultraderechista Thomas Mair el pasado mes de junio, unos días antes de que su país decidiera mediante referéndum abandonar la Unión Europea.  Justo lo que con tanto ahínco había intentado impedir mediante el uso de la palabra.

Tal atrocidad, al margen de recordar en exceso los turbulentos años 30 del siglo pasado, puso de manifiesto la lenta decadencia de una civilización que parecía destinada a dominar el mundo. No nos engañemos; Reino Unido no abandonó el gran club comunitario por la falta de solidaridad de las élites europeas con respecto los que menos tienen, llámense pensionistas griegos, refugiados sirios o inmigrantes subsaharianos. Fueron precisamente los valores humanistas sobre los que se edificó la Unión y los deseos fundacionales de integrar a personas distintas en un mismo espacio los que se dieron de bruces con la visión mercantilista e impersonal que el stablishment británico quiso difundir de Europa.

A veces me da la impresión de que primero el Reino Unido y los Estados Unidos de América después nos obligaron a contemplar el mundo como un enorme supermercado en el que se puede comprar y vender de todo a distintos precios, en función del talento y del talante de los negociadores implicados. Una gran superficie en la que los valores, la cultura o las tradiciones de los pueblos han sido engullidas por una espiral de consumo que  cataloga en función del impacto, la rentabilidad y el precio. El resultado es una sociedad huérfana de líderes y referentes de toda clase. Y me preocupa.

Hace algún tiempo leí en este medio que los ataques xenófobos se habían disparado en Gran Bretaña. Poco después, Owen Jones denunció en The Guardian y en el eldiario.es el racismo existente en el seno de la comunidad LGTBI de aquel país. Algunos meses antes, el desaparecido semanario AHORA había calculado los costes monetarios de la ignorancia lingüística de sus ciudadanos. No se trata de un cúmulo de hechos aislados, sino de los signos de repliegue de una sociedad y de una cultura todavía dominante que pronto dejará de serlo.

La decadencia anglosajona tal vez sea la gran oportunidad de la Europa continental, Latinoamérica o África para diseñar un mundo más solidario y justo. Pero lo que viene no tiene por qué ser mejor que lo existente, y si a la proliferación de líderes autocráticos en todo el mundo le añadimos el aumento de la desigualdad no nos quedan demasiadas razones para el optimismo. Ojalá me equivoque.

Sobre El Autor

Periodista con vocación de escritor que colabora con los medios que le dejan. Partidario de un Europa sin fronteras y de un mundo más solidario. - Twitter: @miguelGbarea - Web: mgbarea.com - mail: gbarea.miguel@gmail.com

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