La educación gratuita ha sido siempre una bandera del orgullo argentino. La dilatada lista de profesionales exitosos y reconocidos que han colmado las aulas de escuelas y universidades nacionales alimenta ese sentir. Y no es para menos. Cinco Premios Nobel fueron, alguna vez, parte de esa maquinaria pública.

Sin embargo, los últimos años han venido acompañados de una creciente percepción de deterioro en cada uno de los eslabones del sistema educativo argentino. Tanto es así que este parece condenado al vaivén de los intereses de los gobiernos de turno. Durante el año 2015 y en pleno período electoral, por ejemplo, el senado, de mayoría oficialista, sancionó una reforma en la Ley de Educación Superior eliminando los exámenes de ingreso a las Universidades.

En simultáneo, y pese a que los fondos estatales destinados a la partida educativa se han incrementado significativamente en los últimos años, lo cierto es que los resultados obtenidos distan, y mucho, de ser los deseables.

EDUCACION ARGG
De acuerdo con datos del Banco Mundial, desde el año 2004 el gasto público en educación no ha hecho otra cosa que crecer hasta alcanzar niveles récord para la historia del país. Con todo, el desempeño de los alumnos argentinos es cada vez más decepcionante.

Evidencia de lo anterior puede encontrarse en las estadísticas presentadas por la asociación civil Proyecto Educar 2050, las cuales exponen el rendimiento de Argentina en las pruebas del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés).

En este ´test´ (donde participan 34 economías de naciones avanzadas y emergentes) los jóvenes de ‘La Tierra de Plata’ han estado lejos de destacarse, ubicándose en el tristemente selecto grupo de los 8 peores participantes. Atendiendo a estándares internacionales, en suma, se advierte un estancamiento del sistema educativo argentino respecto de otros países latinoamericanos.

educacion-final

Por otro lado, si se presta atención a estos números se observa que la raíz del problema no reside en la cantidad de dinero invertido sino en la calidad del servicio brindado. Esta afirmación no abarca únicamente al nivel primario y secundario, sino también al universitario, donde sobresalen algunos fenómenos que deterioran la perspectiva de desarrollo del país.

Cuando el periodista Andrés Oppenheimer hablaba en su libro ¡Basta de Historias! de la necesidad que tenía Argentina de profesionales capacitados para desarrollar sus industrias, en el país se graduaban diez psicólogos por cada un ingeniero. En la era de los servicios y la tecnología, semejantes cifras pueden suponer un obstáculo para el devenir industrial y una perdida de competitividad empresarial.

Empero, más desalentador resulta saber que, según datos oficiales, el porcentaje de graduación por año en las universidades estatales es de alrededor del 25%. Una tasa de graduados muy baja que se replica también en las casas de estudios privadas. En síntesis, la mayoría de los alumnos no termina su carrera.

Lo expuesto en estas líneas revela, en definitiva, que el aparato educativo argentino ha dejado de ser eficiente al tiempo que suscita un desafío para los próximos gobiernos. Recuperar la senda que hizo del sistema educativo argentino un motivo de orgullo nacional no constituye una opción sino una necesidad. Ya va siendo hora de corregir errores y acentuar fortalezas, pero sobre todo, de ejercitar la autocrítica y otorgar a la educación la prioridad que se merece.

Sobre El Autor

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.